Peregrino
PEREGRINO _ VENCEJO
Como el trayecto de Madrid a Pamplona es largo, hay tiempo
para todo. Cuando el interés por el alma de Juan decayó, a nadie le interesó
seguir elucubrando sobre temas así de transcendentales, de modo que nuestro
querido Juan se concentró en sus pensamientos y volvió a soñar, pero esta vez
sin dormir, un sueño de hombre soñador. Y esto era lo que le circulaba por las
neuronas de su cerebro. Lo transcribo tal cual. Tendréis que perdonarle que
esta vez se ponga transcendental o filosófico o tierno y sentimental. Pero él
es así: “Poco sabemos sobre cómo alcanzar la verdad, pero sí sabemos cómo
caminar de un lugar a otro, por más arduo que sea el viaje. Esa es mi única
aspiración en este viaje: caminar de un lugar a otro, no parar, porque parar es
morir. Mi vida es como la de un pájaro parecido a la golondrina, que se llama
vencejo y que tiene las patitas tan cortas que si se posa en el suelo no puede
remontar el vuelo y muere. El vencejo se pasa la vida en un eterno viaje. Como
yo, sólo que él va por el cielo y yo por el suelo; pero los dos condenados a un
eterno peregrinaje. El se pasa la vida viajando por el cielo y no puede
posarse, porque es volar o morir. Hasta aparearse lo hace volando. Si no vuela
no podrá comer, ni respirar, porque él vive del aire y del alimento que el aire
le proporciona, que son básicamente los mosquitos. Su boca abierta succiona
aire y alimento y no podrá dejar de volar. Y sólo se posará en un risco o
t
ejado alto para cumplir con su obligación de anidar y prolongar la especie, y
eso sucede una vez al año. Pondrá sus huevos, alimentará a sus crías durante
dos meses y tarea cumplida. Luego otra vez al cielo, a viajar alejado del
suelo. Yo tampoco podré pararme en cualquier albergue del camino, porque esté
cansado o me duelan los pies o el alma. Si quiero la meta, he de seguir
caminando y no parar. Parar sería el final de mi camino sin haber llegado a
nada. Así que a caminar Juan, a ver qué nos encontramos. En el camino está la
verdad, la vida. En la parada no hay nada, amigo mío. No tienes ya ninguna
razón para detenerte. Tú, al igual que el vencejo, ya has anidado, ya has
criado a tus hijos, has cumplido con el deber de ir perpetuando la especie.
Ahora el camino es tu vida.” Y con estos pensamientos revoltosos y confusos
cociéndose en su cerebro se fueron acercando a la estación. El tren se paró y
Juan se levantó del asiento. Todos los del compartimento se fueron despidiendo
y le desearon felices sueños, silenciosos o compartidos y Feliz Camino. Todos
fueron comprensivos con él, porque los viejos se duermen en cualquier parte y
hay que ser educados y respetarles el merecido descanso. Y cada uno se fue por
su lado hasta nunca más ver, pero se llevaron un agradable recuerdo de aquel
viejo soñador. Juan se
los dos meses tienen que saltar del nido y nunca más
volverán a él. Tendrán que buscarse la vida por sí mismos en otra parte del
planeta, porque el nido ya no será su casa y su madre les soltará definitivamente
de su protección. La madre si volverá año tras año al mismo nido con una
precisión de GPS y allí criará otros polluelos. Algunas veces estas crías no
aciertan con el aleteo correcto o no están suficientemente fuertes y caen al
suelo y ya sabemos que caer al suelo significa la muerte. Esta persona con
ternura los recogía y alimentaba un tiempo hasta que estaban suficientemente
fuertes para ´volver emprender una vida en Dios sabe que latitudes de la
tierra. Juan me encargó encarecidamente a mí , su portavoz, que le diera las
gracias a esa persona en su nombre. Me dijo que fue gloria bendita oir el
relato de su boca y que siempre se la imaginará teniendo en su mano una cría de
vencejo y alimentándolo tiernamente, para darle una oportunidad de vivir y divisar
la tierra casi entera desde las alturas, ya que son aves migratorias y realizan
gigantescos viajes, buscando los mejores climas del globo terráqueo Me dijo que
ella le había inspirado este episodio de su Camino y que a ella le dedicaba
estos pensamientos que me ha dejado para que se los transmita a ustedes, mis
pacientes y sufridos lectores. Y este día se despidió diciéndome: “Amigo
escribano, ten en gran aprecio a una persona así, porque no se encuentran
muchas de éstas en el mundo y quien encuentra a una de ellas encuentra un
tesoro Una persona que acuna y mima así a un pobre pájaro ha de tener un alma
muy especial”. Y prosiguió: “No os voy a revelar su nombre, porque no sé si a
ella le gustaría. Sólo os diré que, mientras me contaba esta tierna historia de
los vencejos, su rostro lucía con una luz especial. Si un día, en vuestro
peregrinaje os encontráis con ella, la reconoceréis fácilmente, porque os
contará historias entrañables y su rostro resplandecerá otra vez, mientras el
corazón se le seguirá saliendo por la boca”.
Como el trayecto de Madrid a Pamplona es largo, hay tiempo
para todo. Cuando el interés por el alma de Juan decayó, a nadie le interesó
seguir elucubrando sobre temas así de transcendentales, de modo que nuestro
querido Juan se concentró en sus pensamientos y volvió a soñar, pero esta vez
sin dormir, un sueño de hombre soñador. Y esto era lo que le circulaba por las
neuronas de su cerebro. Lo transcribo tal cual. Tendréis que perdonarle que
esta vez se ponga transcendental o filosófico o tierno y sentimental. Pero él
es así: “Poco sabemos sobre cómo alcanzar la verdad, pero sí sabemos cómo
caminar de un lugar a otro, por más arduo que sea el viaje. Esa es mi única
aspiración en este viaje: caminar de un lugar a otro, no parar, porque parar es
morir. Mi vida es como la de un pájaro parecido a la golondrina, que se llama
vencejo y que tiene las patitas tan cortas que si se posa en el suelo no puede
remontar el vuelo y muere. El vencejo se pasa la vida en un eterno viaje. Como
yo, sólo que él va por el cielo y yo por el suelo; pero los dos condenados a un
eterno peregrinaje. El se pasa la vida viajando por el cielo y no puede
posarse, porque es volar o morir. Hasta aparearse lo hace volando. Si no vuela
no podrá comer, ni respirar, porque él vive del aire y del alimento que el aire
le proporciona, que son básicamente los mosquitos. Su boca abierta succiona
aire y alimento y no podrá dejar de volar. Y sólo se posará en un risco o
t
ejado alto para cumplir con su obligación de anidar y prolongar la especie, y
eso sucede una vez al año. Pondrá sus huevos, alimentará a sus crías durante
dos meses y tarea cumplida. Luego otra vez al cielo, a viajar alejado del
suelo. Yo tampoco podré pararme en cualquier albergue del camino, porque esté
cansado o me duelan los pies o el alma. Si quiero la meta, he de seguir
caminando y no parar. Parar sería el final de mi camino sin haber llegado a
nada. Así que a caminar Juan, a ver qué nos encontramos. En el camino está la
verdad, la vida. En la parada no hay nada, amigo mío. No tienes ya ninguna
razón para detenerte. Tú, al igual que el vencejo, ya has anidado, ya has
criado a tus hijos, has cumplido con el deber de ir perpetuando la especie.
Ahora el camino es tu vida.” Y con estos pensamientos revoltosos y confusos
cociéndose en su cerebro se fueron acercando a la estación. El tren se paró y
Juan se levantó del asiento. Todos los del compartimento se fueron despidiendo
y le desearon felices sueños, silenciosos o compartidos y Feliz Camino. Todos
fueron comprensivos con él, porque los viejos se duermen en cualquier parte y
hay que ser educados y respetarles el merecido descanso. Y cada uno se fue por
su lado hasta nunca más ver, pero se llevaron un agradable recuerdo de aquel
viejo soñador. Juan se
sentó en un banco de la estación y mientras esperaba al
autobús que le iba a llevar a Saint Jean Pied de Port, no pudo por menos de
recordar a la persona que le había contado la vida de estos increíbles pájaros
que se pasan el 80 por ciento de su vida en el aire. Esta persona le contó cómo
ella recogía a algunos vencejos que caían al suelo y les ayudaba para salvarles
de la muerte. Y es que los pobres tienen un grave problema cuando caen al
suelo, sobre todo las crías. Mientras están en el nido la madre los alimenta y
les hace engordar hasta que pesan incluso más que ella misma. Pero a
los dos meses tienen que saltar del nido y nunca más
volverán a él. Tendrán que buscarse la vida por sí mismos en otra parte del
planeta, porque el nido ya no será su casa y su madre les soltará definitivamente
de su protección. La madre si volverá año tras año al mismo nido con una
precisión de GPS y allí criará otros polluelos. Algunas veces estas crías no
aciertan con el aleteo correcto o no están suficientemente fuertes y caen al
suelo y ya sabemos que caer al suelo significa la muerte. Esta persona con
ternura los recogía y alimentaba un tiempo hasta que estaban suficientemente
fuertes para ´volver emprender una vida en Dios sabe que latitudes de la
tierra. Juan me encargó encarecidamente a mí , su portavoz, que le diera las
gracias a esa persona en su nombre. Me dijo que fue gloria bendita oir el
relato de su boca y que siempre se la imaginará teniendo en su mano una cría de
vencejo y alimentándolo tiernamente, para darle una oportunidad de vivir y divisar
la tierra casi entera desde las alturas, ya que son aves migratorias y realizan
gigantescos viajes, buscando los mejores climas del globo terráqueo Me dijo que
ella le había inspirado este episodio de su Camino y que a ella le dedicaba
estos pensamientos que me ha dejado para que se los transmita a ustedes, mis
pacientes y sufridos lectores. Y este día se despidió diciéndome: “Amigo
escribano, ten en gran aprecio a una persona así, porque no se encuentran
muchas de éstas en el mundo y quien encuentra a una de ellas encuentra un
tesoro Una persona que acuna y mima así a un pobre pájaro ha de tener un alma
muy especial”. Y prosiguió: “No os voy a revelar su nombre, porque no sé si a
ella le gustaría. Sólo os diré que, mientras me contaba esta tierna historia de
los vencejos, su rostro lucía con una luz especial. Si un día, en vuestro
peregrinaje os encontráis con ella, la reconoceréis fácilmente, porque os
contará historias entrañables y su rostro resplandecerá otra vez, mientras el
corazón se le seguirá saliendo por la boca”.
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